Las diferencias

<< Crónica de una escuela de pueblo >>

Yo era un poco, no como el patito feo, pero sí como un polluelo raro de la escuela. Rubia, un poco espagueti y salida de una familia de burgueses parisinos trasladada al campo, en medio de todos los pequeños campestres bajos, fornidos y morenos del suroeste. Yo tenía, además, acento del norte, típico de los parisinos. Sin embargo, aunque instintivamente adquiría cierto acento del sur con mis compañeros, sin duda alguna para intentar hacer como todo el mundo, nunca he sufrido la más mínima burla y nunca me han hecho sentir diferente.

Había más diversidad en clase. No obstante, me es imposible saber cómo cada niño diferente vivía esta situación, pero sí sé cómo lo vivimos nosotros. Nosotros, los otros, el grupo.

<< Jacques desaparecía a veces >>

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Tan pronto estaba con nosotros alrededor de la pequeña mesa, como ya no estaba. Como un diente caído en una boca de 6 años: de repente aparecía un agujero. Pero no nos sorprendía. Sabíamos muy bien lo que pasaba y lo que debíamos hacer. Mientras uno iba a coger el “cojín de Jacques”, otro le levantaba la cabeza y un tercero avisaba a la Señorita si en ese momento ella se estaba ocupando de otro grupo. Apartábamos las sillas, los bancos, la mesa, para que no chocara con ellos durante sus convulsiones. Lo girábamos suavemente sobre el costado. Le sosteníamos la mano. Esperábamos a que se despertara de su crisis epiléptica y lo rodeábamos para consolarlo, porque cada vez que le pasaba, mientras se limpiaba la espuma de la boca, comenzaba a llorar.

<< Hervé nos hacía reír >>

No burlarnos, sino reír alegremente, porque a veces sus reflexiones, tan absurdas e irrelevantes, eran irresistibles. Él estaba “en la luna”, pero verdaderamente en la luna, nos había dicho la Señorita. Por ello, él tenía derecho a hacer ciertas cosas que para nosotros estaban prohibidas. Meter los dedos en la nariz, por ejemplo, o comer las velas de cumpleaños, o gritar muy fuerte de repente. Y también, de vez en cuando, hacía comentarios que nos hacían explotar de risa. Aparte de eso, participaba como los demás en el día a día: en la fiesta de la escuela, en una pieza de las “Cartas desde mi molino”, él hacía girar las aspas del molino sacando un inmenso orgullo; en un paseo de exploración por el bosque, la Señorita le daba la mano para que no se perdiese. En clase, todo el tiempo hacía dibujos, incluso cuando construíamos grandes frisos donde cada niño diseñaba su parte. Era uno más en el grupo.

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La diferencia, fuese cual fuese, se vivía como un simple hecho o como una riqueza. Joachim y María, que llegaron al pueblo a mediados de año, con unas semanas de diferencia, no hablaban francés ninguno de los dos. Aunque un poco intimidados al principio, a la semana ya estaban jugando y trabajando como si nada. Nos enseñaban palabras en portugués e italiano y nosotros les enseñábamos francés. Algunos, dado que sus familias todavía lo hablaban, incluso les enseñaban palabras occitanas. Así fue como nos dimos cuenta de lo parecidas que eran todas las lenguas latinas. Durante el proceso, nos replanteamos y revisamos la ortografía y la gramática de nuestro idioma; descubrimos la existencia del latín, investigamos acerca de los romanos, nuestro pasado común. La diferencia se convirtió en un trampolín y logramos viajar sin movernos. Descubrir la geografía y las formas de vida de Italia y Portugal tenía un objetivo interesante y lógico. Calculamos la distancia que nos separaba del extremo oeste de Europa y del talón de la bota de Italia. Dibujamos azulejos. Escuchamos “fado” y “tarantella”. Nos enteramos de dónde era Cristóbal Colón.

¿Cuál es el límite? ¿Cuáles son los criterios que hacen la diferencia? ¿Qué la hace desagradable si no es la mirada que ponemos sobre ella?

Los niños son tan intuitivos como los gatos. Perciben el más mínimo matiz en la actitud de los adultos. Si el maestro acoge a cada niño tal y como es, ayuda a que cada uno florezca a su manera, dentro de sus límites y, a veces, más allá, porque la confianza y la estima son grandes fuentes de energía. Además, la actitud del maestro es rápidamente copiada por los niños, lo que tiene un interés obvio: en vez de que el niño sea percibido como un intruso o una molestia y que los consiguientes inconvenientes sean gestionados únicamente por el maestro, ese niño simplemente se convierte en un miembro del grupo, cuyas características particulares son tenidas en cuenta por todos. Todo se vuelve más fácil, más ligero, más rico.

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Escrito por Sylvia Dorance para Escuela Viva. 

http://www.escuela-viva.net

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